Tres hermanitos abandonados que solo recordaban sus nombres y el misterio de sus padres “fantasmas”

Tres hermanitos abandonados que solo recordaban sus nombres y el misterio de sus padres “fantasmas”

Elvira (2), Ricard (4) y Ramón (6) fueron abandonados en la estación de tren Francia, en Barcelona, en 1984. No podían recordar los nombres de sus padres ni dónde habían vivido (Facebook En búsqueda de nuestros padres)

 

Es un día cualquiera. Los hermanos Elvira (2), Ricard (4) y Ramón (6) no saben de fechas, bajan tranquilos de su lujoso Mercedes Benz blanco en la estación de trenes Francia, muy cerca del céntrico Parque de la Ciudadela, en Barcelona, España. Están elegantemente vestidos. Denis, un francés amigo de su padre, los hace entrar al hall del edificio altísimo y majestuoso. Los rodean cúpulas, paredes con molduras y el piso íntegramente de mármol que brilla con intensidad. Denis les pide que se queden quietos ahí mismo porque él irá a comprar unos caramelos para darles. Los tres pequeños dicen “Oui, oui”.

Por infobae.com

Pasan los minutos y Denis no vuelve. Inquietos los hermanos giran sus cabezas como periscopios buscando con la mirada al hombre amigo, pero no lo ven. La gente pasa a su lado como si fuesen transparentes. Al rato, desconsolados, rompen a llorar. A las personas que se acercan solo pueden decirles sus nombres de pila, no saben su apellido. Elvira es rubia, los varones tienen el pelo castaño y un flequillo espeso e impecable. Hablan en francés y saben muy pocas palabras de español. Cuando llega la policía estos buscan en su ropa algún documento o papel que sirva para identificarlos. Nada de nada. Los chicos tampoco saben dónde nacieron ni qué día.

Es domingo, está fresco y el almanaque marca 22 de abril de 1984.

Empieza un misterio que se prolongará por casi cuatro décadas. Porque esta intrigante y dramática historia de los hermanos abandonados a su suerte en un andén, salió a la luz recién 37 años después, en marzo de 2021, cuando Elvira, aquella diminuta Elvira de la estación ya con 40 años, habló e hizo catarsis. Fue en el programa Islandia de la cadena RAC1. Ese día fue escuchada por 150 mil personas y su testimonio se replicó en la prensa escrita. La Vanguardia la cubrió por entero, salió en los medios franceses Le Monde Le Parisien. Y, luego, también fue reconstruida por el periodista y escritor, corresponsal de The Guardian en España y colaborador del medio The Economist, Giles Tremlett.

Veamos que pasó en esas décadas entre el abandono y el programa de radio.

Los chicos de nadie

Las autoridades, al comienzo, no pensaron nada raro. Tres niños juntos, tan bien vestidos y alimentados solo podían estar perdidos. Tenía que haber una razón y ya aparecerían los preocupados padres para explicar tanta confusión. Pero no apareció nadie.

Los chicos solo decían recordar haber vivido en París y que desde su ventana veían una pata de la Tour Eiffel, pero no podían recordar el nombre de sus padres. Ni Interpol ni la gendarmería francesa tenían pedidos de búsqueda de tres hermanos. Desconcertados, esa noche los llevaron al orfanato de Barcelona. Como tres días después seguían sin novedades, los chicos fueron trasladados a un centro para menores vulnerables ubicado en el medio de la ciudad. Pegaron carteles con sus caras en colegios y calles. Fue inútil.

La rapidez de la época no era la actual. Hoy las redes lo multiplican todo a una velocidad exponencial. Entonces, las cosas marchaban más lento. Fax va, fax viene, cartas por correo que demoran semanas y meses.

Elvira, Ricard y Ramón estaban abandonados a su suerte y nadie, en todo el continente europeo, estaba al tanto de la situación. ¿Dónde estaban los padres de estos chicos educados que aparentaban haber tenido una buena infancia y haber vivido con solvencia económica? Era un total enigma.

Nadie los buscaba y, cuando las autoridades querían hablar con ellos sobre sus padres, parecían desconocerlo casi todo. Era muy frustrante. Los psicólogos pensaban que los chicos atravesaban un gran bloqueo emocional.

Un pasado con autos de lujo

En el mes de mayo de ese año una psicóloga llamada Marisa Manera observó una foto de Elvira y sus hermanos pinchada en un corcho de una oficina de los Servicios Sociales. Al pie de la misma estaba escrito que se buscaba información sobre esos niños.

Marisa Manera y su marido Lluís Moral (quien era docente para chicos con problemas) ya habían sido familia de tránsito con otros pequeños. Decidieron ofrecerse para cuidarlos temporalmente. En el mes de junio los chicos se mudaron con ellos. Por lo menos ahora los hermanos tenían alguien en quien confiar, una nueva familia. Ese verano, cuando salieron de campamento al río Ebro, Marisa intentó hacerlos recordar. Pero siempre repetían lo mismo. Recordaban más los autos que habían tenido que a sus padres: un Porsch negro, un Jaguar verde agrisado y el Mercedes Benz blanco. Autos caros, ropa de diseño. La situación era extrañísima. Un día de esas mismas vacaciones, al ver un Mercedes blanco, Elvira exclamó: “¡Llegó papá!”.

Sin novedades en el frente, la vida continuó como venía. En 1986 Marisa y Lluís adoptaron formalmente al trío de hermanos quienes pasaron a llevar el apellido Moral Manera. Y fueron una familia feliz con una vida de clase media española, con padres trabajadores que los educaban en tranquilidad en un céntrico departamento de la ciudad de Barcelona.

Pero las preguntas, con el tiempo, empezaron a perseguir sobre todo a la menor de los hermanos. Cuando llegó la adolescencia Elvira era la más inquisidora de los tres: ¿Quiénes eran sus padres biológicos? ¿Por qué los habían abandonado? ¿Vendrían un día a tocarles el timbre?

Era ella la que atosigaba a sus hermanos mayores pidiéndoles detalles de su vida anterior. Pero siempre era lo mismo. Recordaban vagamente París, la nieve, haber estado en Bélgica y Suiza. Ramón decía tener en la memoria a un padre manejando el auto y a una abuela vestida de negro que los obligaba a beber vasos de leche. Ningún dato más concreto de donde sacar un hilo para tirar y desenredar el pasado atragantado.

Las preguntas de Elvira

Elvira creció y estudió para convertirse en profesora de chicos con problemas auditivos y aprendió el lenguaje de las señas. Cuando cumplió los 18 años Lluís, su padre adoptivo, murió. Ella se puso de novia con un diseñador de anteojos llamado Marco y se fueron a vivir juntos. En el año 2014, quedó embarazada. Eso despertó en Elvira necesidades nuevas. Sentía que cada vez deseaba más conocer su identidad biológica. Además, se preguntaba no sin temor: ¿Qué enfermedades desconocidas podría acarrear en su ADN? En el 2017 tuvo un segundo hijo y formalizó con su pareja. Su inquietud sobre sus orígenes aumentó.

Ya no podía ignorarla. Veía crecer a sus hijos con tanto amor que no podía entender qué había pasado con su propia madre y su padre … ¿por qué no podía recordar sus nombres?

En diciembre del 2020 se animó y recurrió a la empresa MyHeritage y se regaló para Navidad un estudio de ADN. Soñaba que en esa base de datos pudiera saltar algún parentesco de sangre con alguien en alguna parte. El resultado fue magro. Solo hubo unas pocas coincidencias en Francia (donde ella esperaba encontrar la fuente de todo) y muchas más, en cambio, del sur de España. Entonces, ¿no eran franceses?

Se dedicó a contactar a esas pocas personas con las que compartía un 1 a un 2% de su ADN. Fue un fracaso total. Por suerte el ADN de sus hermanos confirmó que los tres eran hijos del mismo padre y de la misma madre. Pero eran tres chicos salidos de la nada… desesperante.

Un diario viejo y la mafia

Un par de meses después de esto, Marisa, quien estaba al tanto de la búsqueda de Elvira y de sus hermanos, convocó a sus tres hijos. Quería mostrarles algo. Les puso delante de sus ojos unos viejos y desteñidos artículos de un diario del año 1984. Eran notas que se referían a un mafioso francés llamado Raymond Vaccarizzi que se había mudado de Lyon, Francia, a la L´Éscala, una población a 142 km al norte de Barcelona a principios de los años ?80. La policía lo seguía de cerca. Este Raymond, a quién le decían El Diablo, era un hombre violento que manejaba el negocio de la prostitución. En 1983 había sido arrestado por asesinato y enviado a la prisión La Modelo de Barcelona. El 14 de julio de 1984, mientras él hablaba a los gritos por la ventana de su celda con su mujer –una ex prostituta francesa llamada Antoinette– apostada en la planta baja, un francotirador ubicado en un edificio cercano le dió un balazo en medio de la cabeza. Fin para el mafioso. Luego del asesinato, su pareja Antoinette desapareció de escena y el hijo adolescente de ambos fue tomado como rehen por los hampones de una mafia rival.

Marisa les dijo que había guardado esos recortes porque este sujeto era francés y porque pensó que el nombre Raymond era parecido a Ramón… Elvira quedó paralizada. ¿Podía ser cierto que ellos tuvieran algo que ver con ese mundo? Marisa les contó que ella y Lluís habían temido, durante mucho tiempo, que la mafia fuera a buscarlos.

Ramón (quien ya tenía 44 años, estaba casado y tenía una hija), no creyó para nada en esta hipótesis. Recordaba a su padre de otra manera. No lo veía parecido a ese señor de pelo oscuro y tenía una tez más blanca. También recordaba a su padre diciendo de su madre que ella “no lo quería más”.

Ramón tenía, en el rincón de los recuerdos, una anécdota en la que había armas: una vez, donde vivían, había encontrado una pistola y jugando había apuntado a su hermano. Apretó el gatillo y una bala de verdad surcó el aire. Nadie salió lastimado, pero Ramón recuerda la tremenda furia de su padre. Su memoria por ser el mayor era un poco menos escueta y también le vino a la mente aquel día en que su padre condujo hasta un restaurante donde bajó solo y los dejó sentados en el auto con el motor encendido. Cuando él volvió tenía la cara sangrando. Otra vez, su padre había estacionado el Porsche frente a un acantilado de vértigo. Un detalle más le venía a la cabeza: las paredes del departamento de París recubiertas con boiserie. Elvira creía que estos recuerdos aislados donde parecían fluir el dinero y los lujos solo podían confirmar la idea de un padre que perteneciera a la mafia. Pero eran hipótesis sin una base real.

Llegando al 2021

Elvira necesitaba hacer algo, contar lo ocurrido y tratar de conseguir alguna pista para salir de la ignorancia sobre su identidad. Pero también temía, ¿sería peligroso a estas alturas remover el pasado? Como ya anticipamos al comienzo de esta nota, el 21 de marzo del año 2021, Elvira resolvió dar una entrevista al programa de radio Islandia donde relató su propia historia. El programa se emitió a las 19 horas. Aseguró que no estaba enojada con sus padres de origen por haberlos dejado, pero reveló que se sentía triste por el misterio que rodeaba su vida. Ciento cincuenta mil personas escucharon la emisión del talk show. Todavía estaba al aire cuando empezaron a entrar decenas de llamadas. Amigos, compañeros de colegio, todos estaban asombrados con esta historia desconocida para ellos. Elvira se descompensó. Pasó tantos nervios que tuvo un ataque de presión y terminó internada.

En las semanas siguientes, gente que colaboraba con ellos los ayudó a abrir una página de Facebook. Allí recibían pistas de todo tipo. Había que analizar desde las más locas a las más lógicas. Era imposible determinar con certeza cuáles eran fidedignas y bien intencionadas y cuáles no. A través de la red social se puso en contacto con ellos una criminóloga forense llamada Montse del Río Carmen Pastor, una aficionada a la criminología, quien le pidió a Elvira sus exámenes de ADN. Quería verlos y analizar las coincidencias que habían surgido. De esta manera ella llegó a una lejana mujer con quien Elvira compartía un 1.4 % de ADN (seguramente tenían los mismos bisabuelos). Esta mujer a la que contactaron dijo que creía haber escuchado en su casa la historia de los tres chicos desaparecidos. Aseguró que iba a preguntar más a los familiares que quedaban y volvería a llamar.

El 15 de mayo, mientras Elvira festejaba el cumpleaños de una amiga, Carmen la llamó a su celular diciendo que había noticias: “Creo que encontré algo de tu familia”, le anticipó. Poco después volvió a llamarla y le lanzó: “Acabo de hablar con un primo segundo tuyo”.

Lazos de sangre

Ese primo armó una reunión con más primos y tíos en un chat virtual. Elvira y Ramón se unieron, no así Ricard que había elegido vivir en el campo lejos de celulares y las computadoras. En esa charla online conocieron su pasado. Su padre se llamaba Ramón Martos Sánchez y había nacido en Sevilla, en 1947; su madre, Rosario Cuetos Cruz, había llegado al mundo en la Puerta de Segura, en 1949. Al momento del abandono de sus hijos tenían 34 y 35 años, respectivamente.

La familia en que se había dado cita en el chat era gente de clase trabajadora. En sus orígenes habrían tenido que ver con un grupo étnico llamado “los mercheros”, gente nómada con costumbres similares a las de los gitanos. Las tías mayores empezaron a mostrar fotos de Elvira de bebé y otras más que iban encontrando. De pronto, Ramón desde su computadora gritó: “¡La mujer del vaso de leche!”. Era una señora vestida de negro y le dijeron que había sido su abuela, que se llamaba Inés y que había muerto en 2013. El velo del misterio caía bajo el peso de las imágenes. Las fotos que siguieron fueron todavía más impactantes: en ella se veía a su madre Rosario y a su padre Ramón jugando con ellos, en una playa, en un jardín, sentados en un balcón. En una hasta se veía el auto Jaguar verde que Ramón tanto recordaba. Todo estaba ahí. No había errores esta vez.

Esos eran sus padres. Elegantes, sonrientes, juguetones… ¿por qué los habían abandonado? Para eso no tenían respuesta.

Papá, ¿el delincuente?

Ya sabían los nombres de sus progenitores, pero nadie les había develado el motivo del abandono. Sus familiares dijeron que no habían vuelto a escuchar de ellos desde el año 1983. Y que no tenían idea de lo que podría haber pasado.

La clave estaba quizá en la actividad de su padre Ramón, quien tenía seis hermanos. Solo estaba viva Luisa, una tía de ellos. Los tres hermanos fueron a verla a Madrid y ella les contó que su padre se había convertido en ladrón buscado y que había sido arrestado en 1973 por un tiempo, antes de que ellos nacieran. Se cree que debido a que él le había disparado a un Guardia Civil, en 1978, se escaparon con Rosario y volaron a París, Francia. Luego de quedarse en casa de unos familiares se mudaron a vivir solos.

Ramón era, dijeron, una persona carismática y encantadora, pero tenía un costado oscuro: se dedicaba a actividades delictivas. El fraude, la falsificación de billetes y de joyas y los asaltos armados a bancos eran su “profesión”. Fue en esa ciudad que a partir de 1978 Rosario tuvo a sus tres hijos. Al principio mandaban fotos, escribían cartas, llamaban por teléfono a sus familiares. Incluso, una vez, hasta enviaron a los niños unas vacaciones a Madrid para que se quedaran con su abuela Inés. Pero, desde 1983, las comunicaciones se interrumpieron abruptamente. La familia, sabiendo de las actividades ilícitas de Ramón, no se animó a contactar a la policía. Pensaron que los chicos estarían a salvo.

Con toda esta movida Elvira encontró por fin su certificado original de nacimiento; había nacido en París el 29 de diciembre de 1981. Ella había festejado siempre el 25 de enero. Este fin de año cumplirá los 42. Luego, obtuvieron las partidas de nacimiento de Ramón y de Ricard. Ahora sabían la verdad. O gran parte de ella. Y el lado B de sus padres biológicos. También que Ramón golpeaba a Rosario, que se encerraba en su cuarto con otras mujeres y que padecía tuberculosis por lo que había estado internado un tiempo en un sanatorio en los alrededores de París.

Sin dudas, la vida de los tres hermanos había sido mucho mejor con sus padres adoptivos Marisa y Lluís.

Todavía quedaba en el tintero saber el por qué del abandono… ¿Qué había pasado? ¿Los habían dejado para protegerlos de otros peligros? ¿Por qué no los habían enviado con sus familiares? ¿Habrían sido asesinados por otros gángsters y alguno se apiadó de ellos? ¿Podría Ramón haber asesinado a Rosario y luego haberse fugado? En todo caso, ¿dónde estaban sus cuerpos?

Elvira quería saber más.

Etapa parisina

Siguieron adelante. Querían saber más. Viajaron a París y a L’Escala. Ramón recordaba a Denis, el hombre que los dejó en la estación, lleno de cadenas y pulseras de oro. ¿Viviría? No consiguieron gran cosa.

En 2022 Elvira viajó a Sevilla y conoció a su tía abuela paterna, Manola, de 90 años, quien lloró al verla. Le dijo que Rosario era una mala mujer y que una vez le había dado una cachetada.

Elvira intenta ser paciente con la verdad que se le escurre. Tiene una familia, hijos y amigos y no puede dedicar su existencia a seguir indagando. Lo único que le gustaría es saber qué les ocurrió a esos padres, hoy convertidos en fantasmas y que andarían por los setenta y cuatro años, para hacer lo que hicieron.

Seguramente estén muertos, pero también podrían estar vivos y haber cambiado de identidad. Ese es el tema que los desvela aún hoy, después de tanta ausencia. Los “huérfanos” de la Estación Francia, siguen buscando.

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